LA QUINTA DEL ARGENTINO JUAN GABRIEL RODRÍGUEZ LAGUNA


Save this PDF as:
 WORD  PNG  TXT  JPG

Tamaño: px
Comenzar la demostración a partir de la página:

Download "LA QUINTA DEL ARGENTINO JUAN GABRIEL RODRÍGUEZ LAGUNA"

Transcripción

1

2 LA QUINTA DEL ARGENTINO JUAN GABRIEL RODRÍGUEZ LAGUNA

3 Primera edición, Junio 2013 Edición EPUB Juan Gabriel Rodríguez Laguna, 2013 Triskel Ediciones, 2013 TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS ALL RIGHTS RESERVED ISBN: C/ Rayo de Luna, 5, 3ºB 41009, Sevilla, España Diseño portada: José Antonio García Domínguez EDITADO EN ESPAÑA PUBLISHED IN SPAIN No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier media, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor.

4 LA QUINTA DEL ARGENTINO Con todas estas palabras que proceden a continuación, no quiero mostrar lo que viene siendo un cuento, y no es porque no incluya una moraleja, que la tiene, ya que es lo común y por supuesto lo esperado, más si es positiva en todos los contextos abarcables desde el último átomo de mi persona. La vida no es lo único que se vive, sino también lo que se recuerda, ya que desde mi parecer, lo que se vivió es una totalidad, y como tal, no se puede recordar todo. Hay una parte selectiva que olvidamos, pero también nos queda una parte que tendemos a enmarcar, y muchas veces más que decorar, dándole una coherencia personal al discurso de nuestra vida. Atendiendo a los recuerdos y a lo enmarcado, solamente quiero compartir lo que me ocurrió desde la llegada a España hasta un mismo jueves veinte de octubre de dos mil cinco, más o menos, un año de poca importancia en mi vida comparado con los anteriores, pero que marcó mi inclinación por tomármela con otros tipos de filosofías y parámetros, términos muy maltratados por su variedad de significados. O al menos eso entiendo observando lo que me rodea a tan sólo dos palmos de mis ojos, y sintiendo el lado lento de la vida al pararme aún más detenidamente a leer lo que me ofrecen los escritores de todo el mundo, malos y buenos, todos en general, porque la verdad no absoluta es que los libros son como las personas, interesantes, falsos, mentirosos, sentimentales, duros, y así hasta completar la biblioteca ideal o no, de roles adquiridos, semejante a la humanidad, ya que es ella la que los escribe en último término, patrocinados por las interacciones sociales que promueve en su seno más ideal y profundo. Dentro de los innumerables escritos que han pasado y pasan por mis anteojos, no son todos limitables a libros, que es lo que más abunda por los rincones de mi última casa, sino que también entra todo aquello útil de leer, en mi caso, todo. Como presentación formal, y adentrándonos en los valles de lo políticamente correcto, mi nombre y apellidos son Marcelo García Badás. Nací en un lugar llamado Villa Adelina, provincia de Buenos Aires, en Argentina, una noche de tremenda tranquilidad, sombreada por insectos a la luz de una luna no llena. Según mi madre hacía bastante calor, temperatura más que comprensible teniendo en cuenta, nunca mejor dicho, el estado de la pobre mujer a consecuencia de los nueve meses

5 establecidos por la evolución natural. Villa Adelina es un pequeño barrio situado entre los municipios de San Isidro y Vicente López, Don Torcuato y San Martín, en lo que se viene denominando por algunos y algunas el Gran Buenos Aires, entre las vías del tren y la Panamericana, que da acceso desde el norte a la capital, y está ubicada a unos diecinueve kilómetros al norte de la gran ciudad. Lo de gran supongo que está relacionado con todos los pequeños y grandes municipios que se encuentran en el extrarradio, y que poco a poco, con el paso del tiempo han conformado una gran ciudad, perdurando solo su nombre bajo la sombra de la magna Buenos Aires. La mayoría de los que allí vivíamos, éramos descendientes de italianos y españoles, en realidad todos en cierta forma, pero también de ucranianos y alemanes, además de comunidades inmigrantes de los países cercanos como Bolivia, Uruguay y Paraguay. Se podría decir que este lugar ya estaba desde mucho antes que nosotros llegáramos, pero como anecdotario histórico añadiré que, con la llegada del primer viaje de ferrocarril a la nueva estación el veintinueve de marzo de mil novecientos nueve, se decidió considerar este día como la fundación de Villa Adelina. Esto también unido al hecho de que la empresa que había construido el ferrocarril que iba desde Córdoba a Rosario, por entonces decidiera darle a la terminal el nombre de Villa Adelina, como un homenaje a la nieta preferida del representante en aquellos momentos de la línea, un tal Mackay Munro, dando lugar a una gran fiesta en la localidad. Munro también es el nombre de otro barrio cercano a Carapachay y Vicente López. Otros dicen que se remonta no mucho más atrás y que fue a consecuencia de los jardines plantados cerca de los bidones de agua que alimentaban las calderas de los trenes junto a las vías, donde había una casucha junto a éstos donde vivía una tal Adelina, que sin tener responsabilidad, cuidaba los jardines como si fueran propios, y de ahí el nombre y otra supuesta explicación de los orígenes de este humilde emplazamiento. Desde Villa Adelina, aparecí en España como por arte de magia. Primero en su arreglada y perfumada capital, para después continuar mi viaje hasta un paseo que tengo justo detrás de mi calle, es decir, en un pueblecito al sur de Andalucía, donde, si las circunstancias no cambian, moriré. En realidad espero que corran pocos días hasta llegar al insalvable momento Pero retomemos el hilo. Nací el veintitrés de abril del mil novecientos sesenta y uno en una familia humilde de no de pocas aspiraciones, donde nunca nos faltó de nada, pero que el tiempo

6 y las circunstancias las echaron por tierra. Mi padre, Marcelo, de nombre igual que su padre, era un amante de la restauración en madera y arreglo de instrumentos musicales, sobre todo de cuerda, pero que por las circunstancias de la vida se dedicaba a la madera industrial en la construcción. Un carpintero con cultura, un intelectual para su época, aficionado al tango rioplatense, al vino y a la lectura, hombre serio, de voz aguda, con una marcada y seria barba. En realidad no tenía ni mucho menos pintas de carpintero, ya sabemos como son los brutos ambientes de la construcción, sino más bien de compositor de música o de escritor lusitano bohemio. Lo de lusitano bohemio se lo decía un vecino de la zona, pero en realidad nunca nos paramos a ver el por qué. Mi madre, María, una profesora de piano frustrada, que por las circunstancias de la vida se tuvo que dedicar al cuidado de la casa y sus hijos, aunque nunca olvidó su preciado piano. Todo para sus hijos, de los cuales yo soy el hijo menor y podría decir también que el más raro y a veces viajero del mismo viaje varias veces, quitando algún que otro periplo que se sale del itinerario común al desarrollo de mi vida en España. Se encontraba frustrada por el hecho de que no se pudo dedicar al piano de forma profesional como ella hubiera querido, tocando en grandes orquestas, participando en importantes conciertos y todo lo relacionado con la cultura de la música. Tengo que decir, que mi madre, al igual que mi padre, se empeñaron en que aprendiéramos piano o cualquier otro instrumento, pero con nosotros no fue la vocación de músicos, simplemente aprendimos a escuchar lo que mi madre tocaba en casa, horas y horas de ricas melodías de piano de sus autores clásicos preferidos o pianistas argentinos de su época, como el increíble y original Adolfo Ábalos, nacido en Buenos Aires. Era un inconfundible artista con una trayectoria muy extensa en su tema, con incontables actuaciones como solista y como integrante del grupo Los Hermanos Ábalos. Éste escribió como coautor Nuestras Danzas, uno de los libros fundamentales del género. Otro magnifico y destacado artista era Gustavo Leguizamón, que le apodaban El Cuchi, o Hilda Herrera, que es una esplendida pianista, compositora y educadora argentina que estudió con mi madre en su tiempo, siendo muy buenas amigas. Por último, Ariel Ramírez, también muy buen amigo de mis padres, y que es el actual presidente de la Sociedad Argentina de Autores y Compositores de Música, y muchos más que no recuerdo. Nuestra vida comenzaba a cambiar en diferentes temáticas, cuando de la noche a la mañana emigramos toda la familia a España en el año mil novecientos setenta y ocho,

7 en un principio a Madrid, como decía anteriormente, recordándome nuestro viaje al exilio de Juan Domingo Perón, pero cuya diferencia la encuentro en la vuelta que nunca realicé, y ya dudo que la haga, o no sé En Madrid vivimos unos dos años toda la familia, para después pasar un tiempo en Andalucía, más concretamente en Sevilla. La vuelta a Madrid solamente la protagonizaron mis padres, que permanecieron casi treinta años en la capital madrileña. Qué por qué emigramos a España? No lo tengo muy claro, pero ahora con la edad y después de haber ido recopilando información, me he dado cuenta de que mis padres por aquel entonces estaban, por decirlo de alguna manera, quemados de su vida en Argentina, y necesitaban un cambio drástico. No fue una marcha espontánea, sino bien planeada, estructurada y planificada. También existían otras cuestiones, pero siempre han estado cerradas al resto de la familia ya que mi padre no quiso que supiéramos algunas cosas en aquellos momentos, aunque todos sospechábamos que estaba relacionado con temas políticos, por lo que tuvimos que salir de allí poniendo pies en polvorosa. Viví en la situación que me narraba mi padre, una Argentina movida, en una situación de alta conflictividad política y social generada por la ya presente Revolución Argentina y las luchas entre los diversos sectores militares que produjeron golpes de efecto según mi padre, apareciendo en el poder tres dictadores militares como era de esperar. Juan Carlos Onganía, Marcelo Levingston y Alejandro Agustín Lanusse. Los recuerdo porque me llamaba la atención que mi padre reprodujese sus nombres de forma automática con apellidos incluidos y supongo que de ahí viene que yo haga lo mismo. Puede también que guarden algún tipo de relación con la marcha de nuestro país. Recuerdo como mis padres hablaban de estos momentos y hechos en casa, mientras mis hermanos y yo dormíamos en la habitación pegada a la escalera, y escuchábamos de fondo como creaban el interminable debate. Esta Argentina de mi niñez, acosada por una insurrección popular creciente y generalizada, donde la dictadura organizó una salida electoral con participación del peronismo, aunque impidiendo la candidatura de Juan Domingo Perón en mil novecientos setenta y tres, en la que triunfó precisamente el candidato peronista Héctor J. Cámpora, quien a su vez renunció para permitir nuevas elecciones libres, en las que si ganaría Perón. Son hechos y momentos muy presentes en las retinas de mis padres, con bien se explicaban en las charlas que teníamos a la mesa. Temas que eran discusiones continuas entre los amigos de mis padres, de ahí que también en mí queden los reductos de la historia a la hora de acatar los temas, determinante en el carácter de mi padre y en la afirmación constante de mi madre. Ella se las gastaba mucho más radical que mi padre a la hora de abordar estos

8 temas, ya fuese en casa o en la calle, con invitados o no. Recuerdo la cara de moderación de mi padre en algunas cenas, en las cuales mi madre se encendía y se le ponían los ojos brillantes y desafiantes como los de un gato. Solía ponérsele la cara roja por el sofoco de la discusión, y comenzaba a levantar el tono de voz hacia alguno de los invitados sin ningún tipo de problema. Voces acaloradas que más de una vez hicieron mella en lo emocional de más de uno y una que allí se sentaban, pero que casi siempre, después del acaloramiento, las cosas volvían a la calma, y se terminaba la velada con un coñac y algún tema más relajado. En caso contrario se despedían de forma muy educada, sin poder quitar el sarcasmo de sus bocas, y ya nunca más volvían por casa. Llegamos a España en unos momentos donde la agitación política de la transición estaba latente, y el poder en manos de unos pocos, sin hablar del miedo que se respiraba aquellos momentos. Miedo que no hacía muchos estragos en los idearios de la gente, sino que machacaba el aplauso sostenido de unos cuantos dirigentes acostumbrados a los vítores míticos. Al principio la vida en Madrid fue dura, ya que no nos ayudó mucho la fortuna que esperábamos tener. Mis padres antes de venir lo habían dejado todo más o menos bien atado, donde entraba por desgracia la mala venta de algunas pobres propiedades, ya se sabe que nunca llueve a gusto de nadie. Llegamos en unos momentos delicados, concretamente en el año mil novecientos setenta y ocho, hacia dos escasos años que había finalizado la dictadura franquista. Franco había muerto en noviembre de mil novecientos setenta y cinco, que según algunos le comenzaron a dar los infartos fuertes cuando la marcha verde tomaba el Sahara occidental, y lo terminó de matar las nuevas corrientes de cambio, un cambio realizado por la fuerza de la sociedad. Estos atrevidos cambios, entendidos por los pasos dados en la mentalidad de los españoles con el apoyo de las influencias arrastradas desde Europa como una corriente continua de aire nuevo y detonador de nuevos estilos. Es curiosa la fecha de nuestra llegada, porque si le cambiamos el orden de los números podemos montar mil setecientos ochenta y nueve, el año de la Revolución Francesa, y cuando llegamos se estaba revolucionando la sociedad española, aunque más moderada que la que se dio por entonces en la Francia de Luis XVI. Vivimos tres etapas claves para España en ese momento. La primera y más deseada por parte de la mayoría de los españoles fue desde la muerte de Franco hasta la aprobación de la Constitución de mil novecientos setenta y ocho, que fue cuando nosotros llegamos y nos encontramos, dando lugar al asentamiento de lo que serían las nuevas bases de la política española y de nosotros en

9 la capital. La segunda correspondería a los gobiernos constitucionales de la UCD, entre los años mil novecientos setenta y ocho y mil novecientos ochenta y dos, que a algunos de nosotros nos pilló en Sevilla, durante los cuales tuvieron lugar la consolidación de las nuevas formas del Estado de las Autonomías. Y ya por último, la tercera fase que comenzaría con el esperado triunfo en las elecciones del partido socialista, en octubre de mil novecientos ochenta y dos, en la persona de González. A la llegada a Madrid vivimos en el extrarradio de la ciudad, concretamente en Leganés, de alquiler en alquiler, cosa que no fue fácil gracias a la desconfianza por entonces, acentuado a medida que el dinero iba escaseando, ya que teníamos que ir buscando alquileres cada vez más baratos, pero poco a poco la situación se fue encauzando para mejor. Mi padre, al no mucho de llegar a Madrid, tomó contacto con algunos amigos. Pudo así trabajar haciendo algunos encargos para particulares que se los pagaban bastante bien, mientras que mi hermano consiguió trabajo y mi madre daba alguna que otra clase particular de piano. Con el esfuerzo de todos, la economía nos daba un respiro. Mi hermana y yo ayudábamos en lo que podíamos, y estudiábamos al mismo tiempo. Durante este tiempo de toma de contacto, la cosa iba de aceptable a mal, y después a bien, a una buena velocidad de crucero en ese año. Pero lo mejor vino a los seis escasos meses de vivir allí, que nos sonrió la vida y encontramos un lugar en la desconocida Madrid y a la vez tan conocida. Por un inesperado buen amigo de mi padre, del cual había perdido su rastro hacía ya años, nos mudamos a la ciudad, a una zona más o menos céntrica. Vivíamos en la calle Tomás Esteban en el número veintitrés, en un pisito de pequeñas dimensiones que nos había ofrecido este amigo de mi padre, Sebastián Remondo, argentino, un hombre bueno, de gente de grandes recuerdos y discusiones políticas que primero emigró a Francia y después a España, donde mi padre le perdió el rastro. Llevaba unos diecinueve años viviendo y casado con Ana Galán, la dueña del inmueble y de todo el capital donde se movía Sebastián, una mujer muy sonriente y divertida de nacionalidad española, que teniendo en cuenta su condición aristócrata era bastante buena y nada amanerada para su contexto social, vamos, que lo que de ella era, era de todo el mundo. Por lo que tengo entendido en esas familias aristocráticas, cuando se es algo comunista, en aquellos momentos algo tabú con fuertes consecuencias, y republicana, que era también difícil de localizar en la sociedad del momento con todo lo ocurrido, se es la oveja negra forzosamente, o cuando no una enfermedad de la cual había que avergonzarse. Ana y Sebastián tenían un hijo, Federico,

10 era unos dos años más pequeño que yo, pero fue un muy buen amigo. Ya por entonces apuntaba maneras rojas, al igual que su madre y no menos que su padre. Me ayudó a conocer la nueva ciudad y a entender, podríamos decir, la nueva vida en Madrid. Nos agarramos unas borracheras tremendas a la nada de conocernos. Fuimos a fiestas de corte bohemio y frecuentamos algunos que otros pisos en muy buena compañía. Franco hacía poco que había muerto y la sociedad española se estaba liberando en todos los aspectos. Lo más importante era que los cambios se estaban produciendo de forma superficial, aunque a marchas forzadas, notándose en distintos los ámbitos de la sociedad y del país. El pisito que nos prestaron no se parecía en nada a nuestra casa, una casa grande, de dos plantas y diáfana, pero resultaba bastante atractivo. Ahora que me viene a la memoria, podría decir que se parecía a los pisos que salen en las películas españolas de la dictadura franquista. Para los que no los conozcan, eran con grandes puertas de madera y las paredes empapeladas, decoradas con colores grises y unas flores algo extrañas que me recordaban a las flores que salen de los cardos borriqueros, una planta muy común en el campo andaluz. Además recuerdo perfectamente el crujir de las puertas como si las estuviera abriendo ahora mismo, o cuando pisabas aquella vieja escalera de madera, con unas robustas barandillas de metal con decoraciones de aves, que a mi parecer le daban un aire un poco terrorífico cuando las subías o bajabas en la noche e incluso en el día. También la decoración era algo barroca, con las paredes cargadas de cuadros, los muebles de figuras de cerámica y cuberterías, muchos santos y vírgenes por todos lados, pero que rápidamente se encargó mi madre de quitar un poco, por no decir del todo, el barroquismo de aquella casa. Lo primero que hizo fue eliminar los motivos religiosos, enrollarlos a todos en sabanas y meterlos en un armario empotrado de una de las habitaciones. La verdad es que con tantos santos la casa daba una impresión un poco terrorífica, haciendo que tuviésemos presente la ley de dios en esa casa. Recuerdo un cuadro que nos llamó la atención, por parecernos algo sacado de contexto, que era de un señor que parecía extraído de Los Santos Inocentes, parecido a Paco el Bajo, un señor como los menos afortunados cuando utilizan las prendas de otras personas o se visten con sus mejores galas, y no muy bien de la cabeza por su expresión en el rostro. Vestía con un traje negro que le quedaba demasiado ajustado, por no decir pequeño, y de fondo una especie de capilla románica o algo parecido a los portales de las iglesias nuevas, y en los pies del cuadro se podía leer con letras grandes: El Santo

11 Custodio Pérez Aranda. Suponíamos que por los apellidos sería un santo de la zona y de ahí su devoción hasta el extremo de tenerlo en un cuadro. Ana tenía diferentes pisos por la capital madrileña, ya que el padre había sido un hombre pudiente, banquero para más señas. Había amasado una gran fortuna durante la dictadura gracias a pertenecer, como amigo férreo, a la derecha, la cual supo utilizar de forma inteligente. Su nombre era Federico Díaz de la Jara, conocido en Madrid por su dinero, y entre sus amigos más cercanos como Don Jara. De ahí que Ana llamase Federico a su hijo. Su madre, Concha Galán, ya con una edad avanzada, pero que se conservaba perfectamente, señal de que había trabajado más bien poco, no se parecía en nada a ellos. Era una mujer clasista, con muchos aires de superioridad y una reivindicativa de su persona como perteneciente a la aristocracia de la cuna más noble de España, y como no podía ser menos, una fascista franquista. Añoraba a Franco por encima de todo, y siempre estaba lamentándose de su muerte diciendo: si Franco levantara la cabeza otro gallo cantaría!. Federico me comentó en una ocasión que su abuela había ido al funeral del Caudillo, e iba con bastante frecuencia al Valle de Los Caídos donde se celebraban misas en memoria del Generalísimo, y otras actividades al aire libre. Lo más destacable era su devoción hacia este hombre. Concha había salido en la televisión cuando se instaló la capilla ardiente de Franco en el Palacio de Oriente, y la gente había pasado frente al difunto y se despedían de él, si, donde salió un obrero con un mono azul de trabajo y se quedó durante un periodo largo de tiempo delante del féretro, con un saludo disciplinario militar, que incluso lo tuvieron que quitar de allí por pesado. Pues allí es donde apareció Concha con una amiga y el marido, que evidentemente se estaban dando cuenta de que las estaban filmando, y tomaron un papel más trágico, dramatizando con sus lágrimas, gritos controlados y a veces algunos amagos de desmayo, con un final en el hombro de la amiga con la mirada fija en el objetivo de la cámara, resplandeciente por la laca que portaban en el pelo para mantener esos peinados de señoras de la época, a imitación de la primera dama Carmen Polo. Cuando llegamos al nuevo piso, ya hacia tiempo que había muerto el padre de Ana. Creo recordar que mi padre me comentó que había estado muchos años aquejado de varias dolencias graves, y que finalmente había muerto de una enfermedad de los pulmones, ya que tenía un vicio bastante fuerte al tabaco en todos sus formatos. Al final de su vida había cambiado los cigarrillos por los puros. En aquellas épocas los médicos

12 te recibían en sus consultas con un cigarrillo en la boca, y como no podía ser de otra forma, te lo recomendaban para que te recuperaras. Según mi padre, funcionaba al igual que la copa de vino diaria. Lo vi en fotos que tenía Ana, y en casi todas ellas salía o con un cigarro o un gran puro entre los dedos, siempre resaltando los diferentes anillos de oro que portaba y su cuello de camisa bien colocado y ajustado que le destacaba la papada típica de la edad. El hombre por lo visto era fiel al régimen por las circunstancias, con esto no quiere decir que no fuera franquista, pero de forma más contemplativa, era más bien un conservador sin mucha inquietud por la política y eso que tuvo grandes oportunidades dentro del gobierno franquista por ser un hombre con gran cantidad de dinero, que eso se puede traducir a gran influencia, pero se decidió por los intereses de su banco. Todo esto no quitaba que fuera un cabrón franquista aficionado a los puros y a la caza. Todo lo contrario de Ana, con la cual me pasaba horas y horas hablando, al igual que con Sebastián, eran como mi madrina y padrino españoles. Con la madre, Concha, me era algo más complicado. No podía ver a esa mujer, y ni mucho menos hablar con ella, era insoportable en todos los aspectos, y se mostraba tajante frente a los nuevos idearios sociales. Recuerdo que Ana la defendía con la excusa de que ya era muy mayor y que no se le podía prestar mucho caso, pero esa mujer decía cosas que hacían reaccionar a cualquiera, y no una reacción normal, sino más bien violenta. Varias veces entré a la casa de Concha con Federico, sobre todo para que le diera algo de dinero, ya que siempre que la visitaba le daba algo para que se lo gastase. Cuando me veía, me quitaba la cara para no saludarme, incluso llegué a escucharla diciéndole a su nieto que si no había gente en Madrid para hacerse amigo, que tuvo que hacerse amigo de un extranjero con malas formas y algo negruzco. Lo de extranjero lo puedo entender, aunque lo que no alcanzo muy bien a comprender sino decía lo mismo de Sebastián cuando se casó con su hija, ya que era también extranjero como se decía en la época. Lo de las malas formas no lo entendí tampoco y mucho menos lo de negruzco, nunca hice nada, ni me comporté mal en su presencia, más que nada porque nunca llegué a pasar del primer salón de la casa, y apenas si pude verla directamente un par de veces viva y poco más. Verla, ya que yo para ella no existía. Lo de negruzco, no es que yo tenga nada en contra de ellos, pero me tendría que apodar con algún atributo despectivo de verdad. Para ella la raza era algo descalificable, pero para mi nada, si me decía negruzco era sino la escuchase, como el ruido mínimo que existe mientras dormimos profundamente pero al que no hacemos caso.

13 Contaré una anécdota sobre Concha para ilustrar su persona, el día en que Ana mandó a mi padre una máquina de coser para que se la restaurara a su madre. Era una de esas máquinas de coser buenas, hechas a conciencia para que duraran, de la marca Alfa, que estaban montadas sobre una estructura de metal donde en la parte inferior se encontraba el pedal que accionaba el funcionamiento. Estas estructuras de metal últimamente se pueden ver mucho reutilizadas como mesas en bares, con una buena placa de mármol blanca. Mi padre no entendía demasiado de máquinas de coser, pero era un favor con una gran carga de compromiso y no pudo decir que no, ingeniándoselas para arreglarla con la elaboración de un mueble precioso tallado a mano con motivos vegetales, dándole un aire a las decoraciones musulmanas, donde se introducía la máquina como base, con su puerta y todos los detalles posibles. Quedó perfecta, una maravilla, pues bien!, cuando mi padre se personó en casa de esta señora con toda la ilusión del mundo, la respuesta de esta fue: dónde está mi máquina de coser, que si yo recuerdo es lo que le mandé, y no una mesita de noche de cortijo?. Mi padre no le hizo mucho caso a sus palabras y comenzó a mostrarle los arreglos y la innovación del mueble, y cual fue la respuesta de la señora a medida que se alejaba para el segundo salón estos asquerosos argentinos se creen españoles, vienen a quedarse con nuestros hijos en nuestro país sin ofrecer nada a cambio y quitándonoslo todo, y lo mejor es que hacen las cosas como le dan la gana y cambian lo que les da la gana!. Era una sinvergüenza sin escrúpulos! Claro está, que lo que dijo de quitar a nuestros hijos venía por Ana con Sebastián, pero le estaba bien dado. Mi padre el pobre con la cara blanca, con el compromiso por tratarse de quien se trataba, y además teniendo en cuenta la edad de la señora, tuvo que volver a repetirle lo que le había hecho, diciéndole que si no le gustaba como había quedado que rápidamente la volvería a poner como estaba, que sólo le había dado un toque especial para ella. Concha le volvió a decir ya la gracia está hecha, dejémosla como esta, cóbrese y buenos días! Mi padre, después de negarse varias veces, no le cobro nada, pero si tragó mucha saliva por cara de Ana. Mi padre nos decía que algunos abuelos y no tan abuelos son así en maneras, y que no había que tomárselo a mal, que teníamos que tener en cuenta la mentalidad de la época y que a mayor edad, las ideas se van haciendo cada vez más cuadradas y difíciles de cambiar. Después se enteró de que Concha en sus círculos de amistades decía por ahí que un argentino dedicado a la madera hacía cosas muy buenas y elaboradas con las máquinas de coser, que la madera tallada a mano quedaba muy bien en el mueble a juego con el salón de madera sin notarse en nada y que en su interior estaba la máquina y todo el

14 mecanismo, continuando igual de funcional que siempre, utilizándose como las demás. Lo contaba a su clase social, poniendo de ejemplo las puertas que había en los palacios para el servicio o la elite, puertas en madera decoradas de la misma forma que la pared y su azulejería, que encajaban a la perfección y no se notaban para nada que hubiera una puerta. Se me vienen a la cabeza varios inmuebles de Sevilla que tienen estas puertas, como por ejemplo los Reales Alcázares, aunque seguro que hay muchos más lugares con este tipo de puertas, pero os recomiendo que veáis estas si algún día andáis por Sevilla. Mi padre tuvo que hacer una excepción con su teoría sobre los abuelos y no tan abuelos diciendo Manda cojones la madre de Ana, ella tan buena y su madre un ser tan despreciable! Lo de ser despreciable supongo que le salió de lo más profundo de su alma, al pisotearle lo que mejor sabía hacer, que era trabajar con la madera. Ana no nos cobró nada en concepto de alquiler durante los primeros dos meses en el piso que nos ofreció, tiempo suficiente para poder respirar en todos los sentidos, sobre todo en el económico. La verdad que Sebastián y Ana durante estos primeros momentos nos ayudaron de forma considerable en todo lo que pudieron, que no fue poco. Todos les estuvimos muy agradecidos por lo bien que se portaron con nosotros, creándose una buena amistad. Mi padre, que también era mucho más que aficionado a la reparación de instrumentos, encontró un trabajo de luthier, el cual le fue bastante bien, montando su propia pequeña empresa al año de estar en Madrid, y mi madre, que tanto le gustaba el piano, por fin se pudo dedicar a él como profesora, todo en el mismo lugar. Lo explico! En el taller, que por cierto también era de Ana y nos cobraba un alquiler muy bajo, mi padre había montado su zona de trabajo con un pequeño escaparate que daba a la calle donde había colocado unas letras grandes en azul que decía: Reparaciones de instrumentos y venta. Sobre todo vendía instrumentos de cuerda nuevos y algunos de segunda mano ya reparados, que compraba en el rastro de los domingos totalmente destrozados o con algunos arreglos por hacerle, que es lo que le interesaba a la mayoría de sus clientes por ser instrumentos bastante buenos a precios más que razonables, además de tener garantías con la compra. También se colocó al lado de la puerta de entrada a la tienda, un cartelito donde mi madre ofertaba sus clases de piano. Después el cartelito se quitó y, debajo de las letras azules, con el mismo tamaño, se puso las clases de piano de mi madre. En su interior una gran trastienda, con ventanas un poco sucias debido al paso del tiempo, y que daban a un patio viejo con gran cantidad de forraje, cajas de botellas, con sus botellas de vino tinto de la marca

15 Ayuso y gaseosa cubiertas por entero de polvo y telas de araña, además de muchas macetas que mi madre regaba cuando no tenía que dar clases. Poco a poco fue adquiriendo ese patio un poco de más color, por no decir belleza, que ya por si tenía por el paso del tiempo y muy pocas reformas. La trastienda era donde mi madre daba las clases creando ambiente para el taller sin que le molestarán los ruidos procedentes de la parte delantera, donde trabajaba mi padre arreglando los instrumentos, dando a aquel lugar un aire a conservatorio de música mezclado con carpintería con ambiente a barniz y nubes de aserrín cada vez que corría el aire por el interior del taller. Recuerdo que cuando se entraba en la tienda y abrías la puerta, una puerta de hierro maciza, con grandes barrotes y una cristalera transparente, rechinaba de lo vieja que era, además de tener esos artilugios que hacían que la puerta se cerrara de forma automática. Mi padre decía que era la señal que le avisaba cuando entraban clientes a la tienda y que por eso nunca se planteó arreglarlo, ni siquiera echarle un poco de aceite, y que seguramente era lo único que le hacía falta. Una vez que se entraba había un olor que a mi me gustaba bastante, era como una mezcla entre madera, cola y barniz, el cocktail perfecto del trabajador de la madera. Al principio mi padre había trabajado con Sebastián en temas de hacer seguros y mi madre había realizado trabajos esporádicos de profesora de piano, además de trabajar en una academia, que al poco tiempo había tenido que cerrar por falta de capital. En esta época recuerdo que mi madre había estado bastante molesta, ya que ella no estaba acostumbrada a ir como las mujeres de la época, tan puritanas y escandalizadas a la menor salida de su contexto cultural, y por el hecho de llevar camisa con algún pañuelo la miraban mal, incluso la tachaban de fresca, cosa que no entendía, pero más tarde, si se dio cuenta que esta sociedad tan católica y machista aún no estaba preparada para estos cambios en las mujeres de su edad, pero si que estaba haciendo mella en la juventud que estaba llegando y daría lugar al comienzo de la libertad de la mujer, que iría encauzando con la reivindicación de la igualdad entre mujeres y hombres. La directora de la academia donde había trabajado, si pensaba como mi madre, y luchaba por el cambio. Sebastián tenía trabajo gracias a Ana, ya que su padre tenía una compañía de seguros asociada al banco, con una gran cartera de clientes, sobre todo gente de dinero. Mi padre no había estado muy contento con este primer trabajo que le había proporcionado Sebastián, pero se había tenido que contentar con él, ya que en esos momentos no había otra cosa a la cual acudir, y le pagaron bastante bien. Además

16 existía el compromiso con Sebastián por haberle buscado un buen trabajo, pero a los pocos días ya se había cansado de él. En ocasiones llegó a comentar en casa que no se le daba muy bien y siempre llegaba quejándose de la gente. A diferencia de mi madre, que si le gustaba lo que hacía y que había encontrado lo que le gustaba, aunque fuera de forma intermitente. En aquellos tiempos yo contaba con diecinueve años recién cumplidos, dedicándome a terminar bachillerato, en un instituto que había a unos veinticinco minutos de mi casa, para intentar llegar a la facultad. Además ayudaba en el taller y por las tardes recogía pedidos y los llevaba a donde me mandaran. Sacaba bastantes propinas, sobre todo de las familias de dinero, pero de los músicos bohemios sacaba más bien poco, pero eran mucho más simpáticos e inconformistas a la hora de concordia entre iguales. Cuando me cruzaba por la calle con ellos me saludaban la mayoría y me invitaban a sus conciertos, pero la verdad era que no asistía a muchos de ellos, nada más que cuando tenían pinta o tintes de ser fiestas con bebida y comida, con chicas bailando de forma desenfrenada, al igual que en varias romerías de los pueblos que había asistido. En estas fiestas me lo pasaba bastante bien, sobre todo en las que organizaba Juan Núñez, un músico joven, de unos treinta años, con pintas desaliñadas, con una gran barba espesa, alto, muy alto, que hacia varios años que había vuelto de París. Se había marchado de España con unos veinte años, cansado de la represión y censura franquistas en busca de más libertad, y ahora con la muerte de Franco, había decidido regresar. Llevaba más o menos unos dos años en Madrid. Con la legalización del partido comunista de Santiago Carrillo, la gente que procesaba esa militancia, estaba un poco más liberalizada, aunque aún había que andar con un poco de cautela. Juan militaba en él. Sus abuelos habían sido republicanos, su abuela había muerto de mayor, pero a su abuelo lo habían matado en un campo de concentración durante la Guerra Civil. Evidentemente Federico se apuntaba a todas estas fiestas, muchas veces se invitaba él mismo y se agarraba unas borracheras tremendas, sin quitar alguna que otra discrepancia entre la gente que en ellas se encontraba. Juan vivía no muy lejos de nuestra casa, en un altillo, que por la altura de los techos lo pasaba bastante mal, pero que estaba en un lugar privilegiado, entre tejados, sin ruidos. Siempre decía que tenía frío, que se le metía en el cuerpo debido al lugar donde vivía, ya que no había ningún edificio que le sirviera de barrera frente al aire frío contra su altillo. Lo tenía todo por medio siempre, era un autentico desastre, pero no podía ser de otra forma con esta gente,

17 sobre todo cuando se es joven en estos contextos de cambios sociales. Tocaba el chelo y el violín por influencia de su padre, muy aficionado a los instrumentos antiguos. Se trataba de un médico cardiólogo muy conocido por su dedicación política en contra del régimen desde el exilio francés, llamado Rafael, al que llamaban el Musulmán, por los rasgos de su rostro. Juan me contaba que en Paris se respiraba un aliento romántico por todos sus rincones, algo de naturaleza cultural en su sangre social que corría por sus calles, y que sus gentes eran diferentes, la visión del mundo era tratada de otra forma, con otro tacto, el mundo en un marco, en un pentagrama o en un simple papel, pero que también comenzaban los cambios hacia no sabía que dirección. Al contrario que Juan, mi padre decía que los parisinos en particular, y los franceses en general, eran muy creídos, y querían estar en todos lados siendo los artífices de nuestro mundo, parecidos a dios en rubio. Corregía a Juan diciéndole que no era que vieran el mundo de forma diferente, sino que lo querían convertir a la francesa e ilustrarnos a su imagen y semejanza. Siempre le ponía el ejemplo del general Charles De Gaulle durante la II Guerra Mundial, que no había hecho mucho, pero cuando terminó la contienda parecía que él y Francia habían salvado al mundo y liberado a la humanidad, y eso que el seis de junio de mil novecientos cuarenta y cuatro nadie le avisó del desembarco de Normandía, o su oportunismo en Mayo del sesenta y ocho parisino. Cada vez que Juan y mi padre se encontraban, formaban unos debates de constitución en la tienda para después terminar en un buen apretón de manos o un café en el bar de enfrente, en el bar Los Hermanos, regentado por Jesús y Damián, que como el nombre del bar indica, ya se puede entender lo que se tocan dentro del negocio. En una de esas particulares y revolucionarias fiestas, conocí a otros de mis mejores amigos en Madrid, que aún conservo, Pedro Estudillo que a su vez había conocido a Juan Núñez en Montmartre, lugar que más frecuentaba en Paris por diferentes motivos que desconozco. Montmartre era el barrio bohemio de París por excelencia, y se conoce también por haber sido uno de los centros artísticos principales de París con artistas como Matisse, Van Gogh o Renoir. Incluso también estuvo allí Picasso, donde creó algunas de sus mejores obras, además de agarrarse unas juergas tremendas, que seguramente de esas contiendas entre alcohol y sexo saldrían más de una de sus mejores obras, aunque también vivió durante un tiempo en la Bastilla, en el Barrio Latino, lugar de las barricadas en el sesenta y ocho parisino. Tengo entendido que hace ya tiempo que están considerados como distritos históricos, siendo una visita

18 obligada si se va a la ciudad de las luces. Pedro tenía ocho años más que yo, se buscaba la vida escribiendo artículos y otras letras, cosa que no hacia nada mal con su máquina de escribir siempre colocada sobre su mesa, una Olivetti azul con las teclas en blanco marfil, que hacía experimentar en un papel la elocuencia más elocuente. Vivía de lo que vendía de forma autónoma, pero además hacia algún que otro trabajo para algunas librerías y traducciones en francés, ya que había estado, antes de marcharse con veinte años, un periodo de tiempo en Francia desde pequeño, cuando sus padres tuvieron que emigrar en la época franquista. Hablaba y escribía perfectamente el francés. Según nos contaba de sus padres, eran unos revolucionarios sociales y aún mantenían su conducta e ideología hippie. Me detengo a pensar y me doy cuenta de que toda la gente que conocía estaba en un círculo parisino, todos o casi todos habían estado allí y estaban muy influenciados por la ciudad y sus ambientes más originales. Pedro hacía ya tiempo que estaba metido en política, en el partido socialista obrero español. Con Pedro y Federico nos dedicábamos a cogernos unas borracheras tremendas y a trasnochar, conducta que se repetirá continuamente en este periodo de mi vida, además de pasar veladas inolvidables discutiendo de política o de cualquier tema del momento, pero sobre todo de política y la nueva época donde nos encontrábamos, gracias a los momentos de cambios y el acaloramiento de varias botellas de alcohol. Además también era momento para estar alguna que otra vez al lado de alguna chica, ya que iban muchas a estas veladas y eran bastante guapas, pero solo eso, al lado. Cuando me refiero a estas chicas, no digo lo de guapas en su sentido más leal, sino también en el sentido de que se salían de lo común, visible en su libertad para con su cuerpo y en los complementos de vestuario. Pedro, dentro del círculo político donde se movía, se estaba haciendo de un poder carismático asociado a la nueva política de la izquierda resultante de los diferentes conflictos, que le hacía destacar en cualquier reunión y llamaba bastante la atención a las chicas. Pedro el revolucionario, como comenzamos a llamarlo entre nosotros en forma de broma, ya que siempre estaba con la misma palabra, revolución, empleándola en todos los campos de la vida. También hay que decir que era un tipo bastante atractivo. Pedro siempre nos estaba bromeando con el tema del sexo delante de las chicas, y nos dejaba, sin mala intención, un poco cortados delante de ellas. La verdad era que en esas situaciones no teníamos demasiada suerte, y en aquellas fiestas

19 referente a las chicas podríamos decir que aún menos. No existía la experiencia mínima, y por tanto su ilustración correspondiente. Una tarde de esas, antes de una nueva reunión que iban a hacer en casa de un compañero de partido de Pedro, y a la cual nos habían invitado, Federico y yo decidimos conocer lo que era estar con una chica, es decir, lo que hacen un hombre y una mujer en una situación concreta y no muy bien planificada. No fue el mejor día ni el momento, pero ya se sabe que para estas experiencias nunca se esta preparado. Después de comentarnos Pedro que en Paris se encontraba la tradición del respeto hacia las prostitutas, ya que era una de las mejores experiencias para la creación del ser humano, las historias del Moulin Rouge y el ambiente parisino de los años veinte que tanto influyó, cosa que ya conocíamos, pero que lo escuchábamos porque vivía esos momentos a la hora de narrárnoslo, además de que esa era la zona de las prostitutas que tanto había inspirado a artistas. Pues la verdad que nos intrigaba bastante lo que nos contaba, de igual forma lo cultural que lo sexual, porque, según él, teniendo en cuenta que alguna que otra vez se montaba unas historias que ni el mismo se creía, ya había gozado con multitud de mujeres, supuestamente. En realidad nos interesaba más lo sexual. Pues a razón de estas historias bien queríamos vivir esa experiencia parisina con una mujer a forma de deseo influido por la imitación, como motor de nuestro valor, o por lo menos en mi caso. Sin embargo ocurrían diferentes cuestiones a tener presente, y una de las principales era que nosotros estábamos en España, y la cosa fue algo menos romántica en el sentido parisino que nos narraba Pedro. Federico y yo hablábamos de ir de putas y así dejar de ser castos y puros, más que nada para estar a la altura de los bohemios, no en el sentido de putero, sino desde el máximo respeto hacia esas señoras que se buscaban la vida de forma tan honrada como cualquier otro trabajo. Como me decía Miguel, un buen amigo de la zona, la inspiración de las mejores obras de arte. Federico, tan espabilado como siempre para algunos temas, se había enterado por un sirviente de la casa de su abuela, de la existencia una tal Remedios. Saliendo de la casa donde me estaba esperando Federico, me contó que Rafael Benítez, mayordomo de su abuela, se rió mucho cuando le preguntó si conocía a alguna chica. Se lo tomaría a risas porque él estaba soltero, si no, creo que no nos hubiese dicho nada. Pues marchamos, no sin algunos que otros síntomas de desconocimiento, con el dinero justo hacia el ansiado deseo. Recuerdo que durante el trayecto me sudaban las manos. Pasamos por una especie de alameda en decadencia constructiva, con muchos árboles a cada uno de sus

20 lados, con altos bloques de pisos a cada lado. Yo solamente llevaba en la cabeza la vergüenza del primer momento, y cómo dirigirme a las prostitutas, y justamente cuando llegaba el final de esa alameda, giramos a la derecha para encontrarnos con una pequeña plaza redonda donde había varias chicas, todas muy arregladas y guapas. Federico sin mostrar vergüenza alguna se fue para una de ellas y le preguntó: disculpa!, la señorita le miró conoces a Remedios? La chica con una sonrisa burlesca le respondió Seguramente preguntes por La Remedios, pero ese no es su nombre de pila, sino que le dicen así por los remedios que hace en la cama! Nosotros nos quedamos todos escandalizados, sin responder, seguramente colorados. La misma chica, que se dio cuenta de los dos pardillos, castos y puros que tenía delante de ella, nos dijo bueno tan fea soy que yo no os valgo para pasar un buen rato, yo también hago remedios? Y ahí fue donde se podría decir que se nos cayó el mundo encima, enmudecimos los dos, incluso Federico que era el más espabilado y sin vergüenza. Los dos con cara de aceptar sin ningún tipo de contratiempo, le dijimos a la chica con la boca pequeña, que sí. Nos fuimos los dos tras ella hacia uno de los bloques de pisos que había junto a la plaza, era bien entrada la tarde, cuando la gente ha llegado de trabajar y comienzan a hacer la cena, y los dos entramos junto a ella. Recuerdo que al subir por las escaleras, ella iba la primera y llevaba una falda más bien corta y nosotros que marchábamos detrás, le veíamos todo el trasero. Federico me miraba como que no se creía lo que veía, incluso se agachaba más y más, se podría decir que se iba a partir el cuello o darse un golpe con alguno de los escalones por tal de verle el culo. Su nombre verdadero era Fátima, y era una mujer muy linda y educada, quitando la entonación del encuentro que fue bastante directa. Primero invitó a entrar a Federico y me quedé esperándolo en el salón del pequeño piso. Este se encontraba muy bien acondicionado y ordenado, además de tener un olor muy agradable por todos sus rincones. Recuerdo que subiendo por las escaleras me venía un olor a pescado frito de otro piso. A los tres minutos salió Federico con la cara blanca y una sonrisa de oreja a oreja, y de repente escuché mi nombre: Marcelo te estoy esperando!, y mi corazón comenzó a bombear sangre como si de un enfrentamiento a vida o muerte se tratara. Al fondo de la habitación se veía una cama con una lámpara en la mesita de noche que dejaba ver una luz tenue. Todo enmarcado gracias al marco de la puerta, como si de una pintura en su estado más vivo se tratara. Fue como si el estrés acumulado se marchara en un largo suspiro, que ya es decir, pero fue inolvidable. Siempre recuerdo a Fátima como un bien

21 fetiche, lo que para mi es lo puramente erótico y sensual dejando de lado la pura imitación transitoria. Algo fantástico. Después de esta extraordinaria experiencia, las cosas más o menos continuaron igual, lo que ocurría era que ahora sabíamos realmente lo que era y se sentía en aproximación a cuando Juan o Pedro lo comentaban, además de ya no tener que aguantar las bromas de Pedro, pero que en realidad no nos dio mucho resultado, porque había diferencias amplias y no nos tomaban muy en serio. Para mí fue algo especial y nuevo. Fue la primera vez que fui de putas, y la única. Fue una propuesta de curiosidad adolescente, más de la necesidad fisiológica creada por la envidia en el combate cuerpo a cuerpo frente a la chicas de Pedro o Juan. No me arrepiento para nada de haber tenido dicha experiencia. Federico si continuó visitando frecuentemente esos ambientes. Yo cada vez más me centraba con más esfuerzo en aprobar el bachiller, ya que el entorno donde me estaba moviendo, hacía que me entraran ganas de aprender y conocer para hacer cosas nuevas como los demás.