PRIMERA PARTE. 5 A nadie le importa


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1 PRIMERA PARTE 5 A nadie le importa

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3 1 Eran casi las cuatro de la mañana de un día laborable. Tenía ya la mente acelerada incluso antes de que Jacobi detuviera nuestro coche enfrente del Lorenzo, un «hotel turístico» que se alquilaba por horas situado en el distrito Tenderloin de San Francisco, tan inhóspito que ni siquiera el sol se atrevía a cruzar la calle. En la acera había tres agentes de policía, y Conklin, el primer oficial en el escenario del crimen, estaba acordonando la zona junto con otro oficial, Les Arou. Qué tenemos? les pregunté. Un varón blanco, teniente. En la adolescencia tardía, con los ojos saltones y en su punto me dijo Conklin. Habitación veintiuno. No hay señales de que forzaran la entrada. La víctima está en la bañera, como la última. Mientras Jacobi y yo entrábamos en el hotel nos invadió el olor a vómitos y orina. En aquel lugar no había botones. Tampoco había ascensores ni servicio de habitaciones. La gente de la noche se ocultaba en las sombras, excepto una joven prostituta de tez grisácea que llevó a Jacobi a un lado. Déme veinte dólares la oí decir. Os he proporcionado una matrícula. Jacobi le pasó un billete de diez a cambio de un trozo de papel antes de volverse hacia el recepcionista y preguntarle por la víctima: Tenía un compañero de habitación, tarjeta de crédito, algún hábito? Yo esquivé a un toxicómano y subí al segundo piso. La habitación número 21 estaba abierta, y en la puerta había un policía novato haciendo guardia. Buenas noches, teniente Boxer. Ya es de madrugada, Keresty. Sí, señora dijo anotando mi nombre y girando la tablilla para que firmara.

4 12 JAMES PATTERSON La habitación, de unos tres metros y medio por otros tantos, estaba más oscura que el pasillo. Se habían fundido los plomos, y de las ventanas que daban a la calle colgaban unas finas cortinas de aspecto fantasmal. Yo estaba intentando determinar qué era una prueba y qué no, procurando no pisar nada, para resolver el enigma. Había demasiado de todo y muy poca luz. Enfoqué con la linterna los frascos de crack del suelo, el colchón manchado de sangre vieja, los montones de basura y ropa maloliente que había por todas partes. En la esquina había una especie de cocina con el hornillo aún caliente, y los trastos para drogarse en el fregadero. El ambiente del cuarto de baño era muy denso. Recorrí con la linterna el cable eléctrico que iba del enchufe junto al lavabo a la bañera, pasando por encima del retrete atascado. Cuando dirigí la luz al muchacho muerto se me encogió el estómago. Era un rubio delgado sin pelo en el pecho; estaba desnudo, medio sentado en la bañera con los ojos hinchados y espuma en los labios y la nariz. El cable acababa en una antigua tostadora que brillaba en el agua del baño. Mierda dije mientras entraba Jacobi en el cuarto de baño. Ya estamos otra vez. Está bien tostado dijo Jacobi. Como jefe de la brigada de Homicidios no estaba obligada a hacer tareas de detective. Pero en momentos como ése no podía quedarme al margen. Habían electrocutado a otro muchacho, pero por qué? Era una víctima fortuita de la violencia o se trataba de un asunto personal? Me imaginé al muchacho agitándose de dolor mientras la corriente le recorría el cuerpo y le paralizaba el corazón. El agua que había en las baldosas agrietadas del suelo estaba subiendo por las perneras de mis pantalones. Levanté un pie y cerré con la punta la puerta del cuarto de baño sabiendo muy bien lo que iba a ver. Las bisagras, que probablemente nunca habían sido engrasadas, se quejaron con un gemido nasal. En la puerta había cuatro palabras pintadas con spray. Por segunda vez en un par de semanas me pregunté qué diablos querían decir. «A NADIE LE IMPORTA»

5 2 Parecía un suicidio especialmente truculento, salvo que el spray de pintura no se veía por ninguna parte. Oí llegar a Charlie Clapper y los técnicos del laboratorio de criminología, que empezaron a preparar el equipo forense en la habitación exterior. Me quedé a un lado mientras el fotógrafo sacaba fotos de la víctima, y luego desenchufé el cable de la pared de un tirón. Charlie cambió los plomos. Gracias a Dios dijo mientras la luz inundaba aquel espantoso lugar. Yo estaba registrando la ropa de la víctima, sin encontrar ningún tipo de identificación, cuando entró por la puerta Claire Washburn, jefa de medicina forense de San Francisco y mi mejor amiga. Es bastante desagradable le dije mientras entrábamos en el cuarto de baño. Claire me da una gran tranquilidad y es como una hermana para mí, más incluso que mi propia hermana. He tenido un impulso. De qué? me preguntó con suavidad. Tragué saliva para contener la sensación que me subía por la garganta. Me había acostumbrado a muchas cosas, pero nunca me acostumbraría al asesinato de muchachos. Sólo quiero meter la mano y quitar el tapón. La víctima tenía peor aspecto aún con tanta luz. Claire se agachó junto a la bañera estrujando su voluminoso cuerpo en un reducido espacio. Edema pulmonar dijo refiriéndose a la espuma rosa de la nariz y la boca del chico muerto. Trazó las pequeñas heridas que tenía en los labios y alrededor de los ojos. Estaba un poco entonado antes de que le electrocutaran. Yo señalé el corte vertical del pómulo. Qué opinas de eso?

6 14 JAMES PATTERSON Creo que va a coincidir con la palanca de la tostadora. Parece que le marcaron con esa Sunbeam antes de tirarla a la bañera. El muchacho tenía la mano apoyada en el borde de la bañera. Claire la levantó con cuidado y le dio la vuelta. No hay rigor mortis. El cuerpo está aún caliente y cada vez más lívido. Lleva muerto menos de doce horas, probablemente menos de seis. No hay huellas visibles. Pasó las manos por el pelo sin brillo del chaval y le levantó el labio superior con los dedos enguantados. Hacía tiempo que no veía a un dentista. Podría ser un fugitivo. Sí dije. Luego debí quedarme callada durante un rato. En qué estás pensando, cielo? En que tengo otro John Doe en mis manos. Me estaba acordando de otro John Doe, un adolescente sin techo al que habían asesinado en un sitio como ése cuando empecé a trabajar en Homicidios. Fue uno de mis peores casos, y diez años después su muerte me seguía atormentando. Sabré más cuando tenga a este joven sobre mi mesa estaba diciendo Claire en el momento en que Jacobi volvió a asomar la cabeza por la puerta. La informadora dice que ese número incompleto de una matrícula es de un Mercedes dijo. De color negro. En el otro homicidio con electrocución habían visto un Mercedes negro. Sonreí al sentir un atisbo de esperanza. Sí, para mí era un asunto personal. Iba a encontrar al miserable que había matado a esos muchachos antes de que pudiera volver a hacerlo.

7 3 Había pasado una semana desde la pesadilla del hotel Lorenzo. Los del laboratorio de criminología seguían examinando los abundantes detritus de la habitación 21, y el número parcial de tres cifras de la matrícula que nos proporcionó la informadora no era del todo correcto, o se lo había inventado. En cuanto a mí, por las mañanas me levantaba triste y cabreada porque este desagradable caso no iba a ninguna parte. Los chicos muertos me perseguían esa noche mientras iba al Susie para reunirme con las chicas. El Susie es un restaurante cercano, un local muy animado, con las paredes pintadas de colores tropicales, donde sirven comida caribeña picante pero sabrosa. Jill, Claire, Cindy y yo hemos convertido este lugar en nuestro santuario y en la sede de nuestro club. Nuestra conversación directa, sin atender a jerarquías ni pautas establecidas, ha reducido con frecuencia semanas de trabajo burocrático. Allí hemos resuelto juntas muchos casos. Vi a Claire y Cindy en «nuestro» reservado del fondo. Claire se estaba riendo de algo que había dicho Cindy, lo cual sucedía a menudo porque Claire tenía una risa fácil, y Cindy era una chica muy divertida además de una extraordinaria periodista de investigación del Chronicle. Jill, por supuesto, no estaba. Quiero lo que estéis tomando dije mientras me sentaba en el reservado al lado de Claire. En la mesa había una jarra de margaritas y cuatro copas, dos de ellas vacías. Llené una y miré a mis amigas sintiendo esa conexión mágica que habíamos forjado con todo lo que habíamos pasado juntas. Parece que necesitas una transfusión comentó Claire. Pues sí, por vía intravenosa. Tomé un trago de la bebida helada, cogí el periódico que tenía Cindy junto al codo y lo hojeé hasta encontrar la noticia escondida en la página 17 de la sección metropolitana, debajo del pliegue. SE BUSCA INFORMACIÓN SOBRE LOS ASESINATOS DEL DISTRITO TENDERLOIN.

8 16 JAMES PATTERSON Me parece que es lo más importante dije. Los vagabundos muertos nunca aparecen en primera página dijo Cindy con tono comprensivo. Es muy extraño les expliqué a las chicas. De hecho, tenemos demasiada información. Siete mil huellas. Pelo, fibras, una tonelada de ADN inútil de una alfombra que no se ha limpiado desde que Nixon era un niño. Dejé de divagar el tiempo necesario para quitarme la goma elástica de la coleta y soltarme el pelo. Por otra parte, con todos los chivatos potenciales que andan por el distrito Tenderloin, lo único que tenemos es una mierda de pista. Esto apesta, Linds dijo Cindy. Te está presionando el jefe? No contesté señalando con el dedo la pequeña mención de los asesinatos del distrito Tenderloin. Como dice el asesino, a nadie le importa. Tómatelo con calma, cielo añadió Claire. Acabarás hincándole el diente a este asunto. Siempre lo haces. Sí, ya es suficiente. Jill me reñiría por quejarme. Ella diría que «no hay ningún problema» bromeó Cindy señalando el asiento vacío de Jill. Levantamos nuestras copas y brindamos con ellas. Por Jill dijimos al unísono. Llenamos la copa de Jill y la pasamos alrededor en recuerdo de Jill Bernhardt, una fiscal extraordinaria y gran amiga nuestra, que había sido asesinada unos meses antes. La echábamos terriblemente de menos, y así lo manifestamos. Al cabo de un rato nuestra camarera, Loretta, trajo otra jarra de margaritas para reemplazar la última. Pareces animada le dije a Cindy cuando nos comunicó la noticia. Había conocido a un tipo nuevo, un jugador de hockey que jugaba con los Sharks de San José, y estaba muy contenta. Mientras Claire y yo intentábamos sacarle más detalles, empezó a tocar la banda de reggae, y enseguida acabamos cantando una canción de Jimmy Cliff haciendo sonar las cucharas contra las copas. Cuando estaba comenzando a perderme en Margaritaville, sonó mi Nextel. Era Jacobi.

9 El Cuatro de Julio 17 Reúnete conmigo fuera, Boxer. Estoy a una manzana. Tenemos una pista de ese Mercedes. Debería haberle dicho «Vete sin mí. No estoy de servicio». Pero era mi caso y tenía que ir. Tiré unos cuantos billetes sobre la mesa, lancé unos besos a las chicas y fui hacia la puerta. El asesino se equivocaba en una cosa. A alguien sí le importaba.

10 4 Entré en nuestro camuflado Crown Vic gris por la puerta del copiloto. Adónde vamos? le pregunté a Jacobi. Al distrito Tenderloin me dijo. Han visto un Mercedes negro circulando por allí. No parece encajar en el barrio. El inspector Warren Jacobi había sido antes mi compañero. Había aceptado muy bien mi ascenso, sobre todo teniendo en cuenta que me llevaba más de diez años y tenía siete más de experiencia. Seguíamos trabajando juntos en casos especiales, y aunque yo era su superior, tenía que ser sincera con él. He bebido un poco en el Susie. Cervezas? Margaritas. Cuánto es un poco? inclinó su enorme cabeza hacia mí. Una y media dije sin contar la tercera parte de la copa que habíamos bebido por Jill. Te encuentras bien para venir conmigo? Sí, claro. Estoy bien. No pienses que vas a conducir. Te lo he pedido? Ahí detrás hay un termo. De café? No, es para que hagas pis en él si te hace falta, porque no tenemos tiempo de parar. Me reí mientras cogía el café. Jacobi era muy bueno para los chistes sosos. Mientras entrábamos en la calle Seis justo al sur de Mission, vi un vehículo que coincidía con la descripción, en una zona de estacionamiento de una hora. Mira, Warren. Ése es nuestro coche. Buen tiro, Boxer. Aparte del nivel de alcohol en mi tensión sanguínea, en la calle Seis no ocurría nada. Era una calle decrépita de tiendas mugrientas

11 El Cuatro de Julio 19 y almacenes vacíos cerrados con tableros de madera contrachapada llenos de ojos. Había vagabundos deambulando sin rumbo fijo, e indigentes que dormían bajo sus montones de basura. Uno de ellos se acercó al reluciente coche negro. Espero que no lo robe nadie dije. Destaca como un piano de cola en una chatarrería. Comuniqué nuestra posición y nos situamos a media manzana del Mercedes. Después metí la matrícula en nuestro ordenador, y esta vez hubo premio. El coche estaba registrado a nombre del doctor Andrew Cabot, de Telegraph Hill. Llamé a la Central y pedí a Cappy que comprobara la identidad del doctor Cabot en la base de datos. Luego Jacobi y yo nos preparamos para una larga espera. Quienquiera que fuese Andrew Cabot, sin duda alguna había bajado a los barrios bajos. Normalmente las vigilancias son tan fascinantes como una comida rancia, pero yo estaba tamborileando en el salpicadero con los dedos. Dónde diablos se encontraba Andrew Cabot? Qué estaba haciendo allí? Veinte minutos después una barredora, un armatoste amarillo chillón como un armadillo, con luces intermitentes y alarmas traseras, subió a la acera como todas las noches. Los indigentes se levantaron del suelo para evitar las escobillas. Los papeles revoloteaban bajo la luz de las farolas. La barredora nos tapó la vista unos instantes, y cuando pasó, Jacobi y yo lo vimos al mismo tiempo: las puertas del conductor y del copiloto del Mercedes se estaban cerrando. El coche se puso en marcha. Es la hora del rock and roll dijo Jacobi. Esperamos unos tensos segundos mientras un Camry marrón se interponía entre nosotros y nuestro objetivo. Transmití por radio: «Estamos siguiendo a un Mercedes negro, Queen Zebra Whisky Dos Seis Charlie, que se dirige al norte por la calle Seis hacia Mission. Llamamiento a las unidades de la zona Mierda!» Se suponía que iba a ser una maniobra rápida, pero sin aviso ni motivo aparente el conductor del Mercedes desapareció dejándonos a Jacobi y a mí en el polvo recién barrido.

12 5 Observé sin poder creérmelo cómo las luces traseras del Mercedes se convertían en pequeños puntos rojos que se alejaban cada vez más mientras el Camry aparcaba cuidadosamente marcha atrás bloqueándonos el paso. Cogí el micro y vociferé por el sistema de megafonía del coche: Despejen la calle! Apártense! Joder dijo Jacobi. Dio al interruptor que encendía las luces de emergencia, y mientras la sirena comenzaba a sonar, pasamos junto al Camry arrancándole un foco trasero. Muy bueno, Warren. Después de atravesar el cruce de la calle Howard activé el código 33 para mantener la banda de frecuencia de la radio libre para la persecución. Vamos hacia el norte por la Seis, al sur de la calle Market, intentando alcanzar a un Mercedes negro. Se ruega a todas las unidades de la zona que se dirijan hacia allí. Motivo de la persecución, teniente? Investigación de un homicidio. La adrenalina me invadió el cuerpo. Íbamos a pillarle, y recé para que no atropelláramos a ningún curioso por el camino. Las unidades de radio comunicaron su situación mientras cruzábamos Mission con el semáforo en rojo a unos cien kilómetros por hora. Pisé unos frenos virtuales mientras Jacobi aceleraba nuestro coche por la calle Market, la más grande y concurrida de la ciudad, ahora llena de autobuses, tranvías y coches que volvían tarde a casa. A la derecha le grité a Jacobi. El Mercedes giró hacia Taylor por un hueco de la calzada. Íbamos dos coches por detrás de él, pero no lo bastante cerca para ver quién conducía en la oscuridad de la noche. Le seguimos hacia la calle Ellis pasando por delante del hotel

13 El Cuatro de Julio 21 Coronado, donde había ocurrido el primer homicidio con electrocución. Aquel debía ser el territorio del asesino. El maldito conocía esas calles tan bien como yo. Los coches se pegaban a las aceras mientras cruzábamos las calles a toda velocidad con la sirena encendida, subiendo cuesta arriba a todo gas y manteniéndonos en el aire durante unos segundos antes de caer en la vertiente de bajada de la cuesta. Aun así perdimos al Mercedes en Leavenworth mientras los coches y los peatones colapsaban el cruce. Volví a gritar al micro y di gracias a Dios cuando respondió la radio de un coche: Lo tenemos a la vista, teniente. Un Mercedes negro que se dirige hacia el oeste por Turk a ciento veinte por hora. Otra unidad se había unido a la persecución en Hyde. Creo que va hacia Polk le dije a Jacobi. Eso es precisamente lo que estaba pensando. Dejamos la ruta principal a los coches patrulla, pasamos por el Palacio de Krim y Kram en la esquina de Turk y cogimos la calle Polk hacia el norte. Había alrededor de una docena de callejuelas de dirección única que salían de Polk. Registré cada una de ellas con la vista al pasar por Willow, Ellis y Olive. Está ahí arrastrando el trasero le grité a Jacobi. El Mercedes llevaba la rueda derecha pinchada al girar por delante del teatro de los hermanos Mitchell hacia Larkin. Me agarré al salpicadero con las dos manos mientras Jacobi le seguía. El Mercedes perdió el control, golpeó una furgoneta aparcada, se subió a la acera y chocó contra un buzón. El metal chirrió mientras el buzón rompía el bastidor del coche, que acabó con el morro hacia arriba en un ángulo de cuarenta y cinco grados y el lado del conductor inclinado hacia la cuneta. Se oyó una detonación en el capó y empezó a salir vapor del manguito del radiador. El olor a goma quemada y a caramelo del anticongelante impregnaron el aire. Jacobi detuvo nuestro vehículo y corrimos hacia el Mercedes con las armas en la mano. Levanten las manos grité. Inmediatamente!

14 22 JAMES PATTERSON Vi que los dos ocupantes estaban atrapados por los airbags. Mientras se desinflaban, les eché el primer vistazo. Eran unos niñatos blancos, tal vez de unos 13 y 15 años, y estaban aterrados. Mientras Jacobi y yo empuñábamos nuestras armas con las dos manos y nos acercábamos al Mercedes, los críos empezaron a llorar a lágrima viva.